#ViernesDeCuento - Atrévete a Soñar

Atrévete a Soñar

"Los médicos me dijeron que jamás volvería a caminar, pero mi madre me aseguró que volvería a hacerlo, y yo decidí creerle a ella"

Wilma Rudolph

"La mujer más veloz del mundo"

Condecorada 3 veces con medalla de oro

en los Juegos Olímpicos de 1960

Según la gente, el hecho de haber competido en los Juegos Olímpicos me convierte automáticamente en la atleta perfecta, sin ningún tropiezo en toda su carrera. Pero en realidad, esto no es así. No fui ni la más fuerte, ni la más veloz. Y mi aprendizaje fue muy lento. Para mí, llegar a las Olimpíadas no fue una cuestión de entrenamiento físico, sino un verdadero acto de voluntad.

En los Juegos Olímpicos de Múnich, en 1972, integré el equipo de pentatlón de Estados Unidos, pero la tragedia de los atletas israelíes y una lesión en el tobillo terminaron por hacer que la mía fuera la más desalentadora de las experiencias. Sin embargo, no me di por vencida. Seguí adelante con mi entrenamiento y logré clasificarme para asistir con el equipo estadounidense a los Juegos Olímpicos de Montreal, en 1976. En esa oportunidad realmente disfruté mucho, y me conmoví hasta las lágrimas al alcanzar el puesto número trece. Aun así, sentí que podía lograr más.

De manera que, en 1980, un año antes de las Olimpíadas, decidí ausentarme por una larga temporada de mi trabajo como entrenadora en la universidad. Quizás, esta vez, si practicaba durante doce mese las veinticuatro horas del día, lograría alcanzar la aptitud necesaria para traer una medalla a casa. En el verano de 1979 comencé un entrenamiento intensivo, para participar de las pruebas eliminatorias de los Juegos Olímpicos, a realizarse en junio de 1980. Comencé así a experimentar la euforia de concentrar todo el esfuerzo en una sola meta y, poco a poco, empecé a saborear el progreso, el acercamiento a ese objetivo tan soñado.

Más tarde, en noviembre, sucedió lo que, a simple vista, parecía un obstáculo infranqueable. Tuve un accidente automovilístico y me lesioné la cintura. Los médicos no sabían a ciencia cierta cuál era la causa de mi afección y debí interrumpir el entrenamiento, dado que los dolores intensos no me permitían moverme. Naturalmente, a partir de ese desgraciado episodio iba a tener que decirle adiós a mi sueño de ir a los Juegos Olímpicos. Todos sentían mucha pena por mí. Todos, menos yo.

Era extraño, pero nunca dejé que aquel escollo acabara con mis planes, y mucho menos con mis sueños. Confiaba en que los médicos y los terapeutas serían capaces de ayudarme y que muy pronto volvería a entrenarme. Me aferré con todas las fuerzas a mi propio lema y, constantemente, me repetía: “Cada día me siento mejor. Ocuparé uno de los tres puestos en las eliminatorias”.

Pero mi progreso era muy lento y los médicos no se ponían de acuerdo en cuanto al curso que debían imprimir a mi tratamiento. El tiempo pasaba muy rápido y el dolor no cesaba. No podía moverme. Sólo faltaban unos meses para las eliminatorias. Tenía que hacer algo o, de lo contrario, jamás vería cumplido mi sueño. Entonces decidí entrenarme de la única manera en que mi situación me lo permitía: “mentalmente”.

El pentatlón se lleva a cabo en cinco pistas diferentes y consta de cinco pruebas; cien metros con vallas, tiro de bala, salto en alto, salto en largo y doscientos metros llanos.

Para llevar a cabo mi plan, pedí que me trajeran filmaciones de distintas competencias olímpicas, porque deseaba ver a quienes habían obtenido records mundiales en las pruebas de pentatlón. Una vez con las filmaciones en mis manos comencé a mirarlas sin cesar, proyectándolas sobre la pared de la cocina de mi casa. En ocasiones las observaba detalladamente, en cámara lenta; en otras, congelando la imagen. Y cuando me aburría demasiado, retrocedía las imágenes para divertirme un poco. Me quedaba mirando durante horas, tratando de estudiar y de absorber cada movimiento; absolutamente todo. A veces me recostaba en el sofá y trataba de visualizar al detalle cada una de las pruebas. Sé que muchos terminaron por creer que había perdido el juicio. Pero yo no me resignaba. Seguí entrenándome tan duro como me era posible, y sin mover un solo músculo.

Por último, los médicos detectaron que mi disco estaba fuera de su sitio, lo cual me permitió comprender por qué me dolía tanto al moverme. Más adelante, tan pronto como pude empezar a caminar, aunque muy lentamente, me dirigía las pistas de pentatlón y pedí que las prepararan para cada una de las pruebas. A pesar de que no podía practicar, de todos modos me situaba en el punto de la largada y, desde allí, reproducía mentalmente todas las etapas del proceso de entrenamiento, el que sin duda yo habría podido hacer si hubiera sido capaz. Pasé varios meses imaginando que, por fin, alcanzaba mi puesto en las eliminatorias.

Pero, ¿acaso lograría llegar a los primeros puestos “visualizando” imágenes? ¿Realmente lo conseguiría? Por supuesto, lo deseaba con todo el corazón.

Llegado el momento de las competencias eliminatorias, por fortuna, ya estaba recuperada, al menos para poder competir. Una vez allí, con sumo cuidado traté de mantener el calor de los músculos y los tendones, al tiempo que, con la mente, avanzaba por las diferentes pruebas; como si estuviera soñando. Después, me dirigí hacia la largada, mientras oía mi nombre por altoparlante.

Aunque lo había imaginado tantas veces, quedé sin aliento y la emoción me invadió hasta desbordarme cuando, de pronto, una voz anunció: “El segundo puesto en Pentatlón Olímpico de 1980 es para Marilyn King”

Marilyn King

Como le fue contada a Karol King

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